El viernes acudí con M. a una conferencia sobre El cuerpo abyecto, explotación y control. Fue como la cereza en el pastel de una semana de tratar el tema (tangencialmente) con mis alumnos, Marx y Nietzsche a la orden.
Claudia Malacrida comentaba que cuando ella se percató que como enfermera estaba en una posición contraria a todo lo que ella creía decidió dejarla... pera dedicarse a otro tipo de mecanismo de control ... ser maestra. Al final, me acerqué, porque justo eso era lo que resaltaba más evidente cada vez que terminaba una sesión con cada grupo, ¿qué carajos estaba haciendo impartiendo clases? En uno de los grupos que en general no se interesa ni discute absolutamente nada ( que no sea relacionado a sus calificaciones y la razones por las que sin hacen absolutamente nada... no tienen 10 en mi materia), se puso buena la discusión, hasta lágrimas hubo de por medio. Una de las chicas me preguntaba que qué estaba haciendo yo para cambiar la situación de la injusticia que Marx tan lúcidamente refleja respecto al sistema capitalista. Le comentaba que lo que hacía era hablar de eso con ellos y buscar que hicieran consciencia para cuando estuvieran en un momento de decisión respecto a un empleado lo tomara en cuenta.
Cuando me acerqué a Malacrida le pregunté que si era evidente que estaba en una posición donde legitimaba el control, la disciplina que homogeníza... ¿debía dejar mi profesión y dedicarme a cultivar flores? Entonces ella me comentó que no lo sabía, que en su propia vida tampoco lo sabía porque cuando su hija cumplió 5 años y la llevó a la escuela se percató que eso significaba su propia derrota frente a los mecanismos de control.
Y de pronto me encuentro pensando en cómo es que hoy decidí callar, guardar silencio, asentir y sonreír sin ganas.. y ahí no supe bien quien tuvo el control, como si eso importara.
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