Querida abuela:
El viernes en el trasborde de chabacanos me vino a la mente tu mirada. Si supieras cuánto he avanzado en interpretar miradas (no pasaría nada porque recién nos hemos vuelto a encontrar y en tu caso nadie te enseñó a mirar y tú nunca decidiste a hacerlo por tu parte).
Nunca he sabido en carne propia lo que es tener una relación profunda con una abuela, a quién llamo abuela no lo es y han pasado varias cosas que hacen esto imposible. Mentiría si te dijera que me has hecho falta.
Abuela, (no puedo nobrarte mami, ya tengo madre y suficiente tengo con el desmadre de llamar a la tía, abuela) busco tu locura en la disntacia, busco tus ojos perdidos y profundamente angustiados, los miro, me congelan la sangre, los veo y me queda claro lo indefensa que estás ante el mundo y ante tí misma.
Abuela, agradezco tu locura, sin ella no tendría al padre que tengo y probablemente no tendría la vida que tengo y la capacidad cada vez más grande de mirar.
Si los ojos son la ventana del alma, veo tu alma pequeña en el rincón, azorada por un montón de deberías y neurosis. Oigo tu discurso, que repites a diario y varias veces, para convencerte a tí misma que esto es así. Busco tu locura, para mirarla de frente, para asumirla y seguir adelante.
Abuela hace tres días que se me ocurrió escribirte, la tecnología no ha estado de mi lado, ¿será que incluso ese movimiento telúrico fue un indicio de lo fundamental de mi acercamiento, de lo primigenio de tu faz, de cómo soy tú y no soy?
Abuela he visto en otros tu mirada, te diría que él la tiene y si en cierto sentido es así, por eso la recuerdo, sólo que él ha sabido ocultarla, manejarla a su antojo, y a tí te ha traído más males que beneficios.
Querida abuela hace tres días tenía las palabras, hasta poéticas, para escribirte, hoy sólo tengo esto, que es mejor que nada.
Te diría que con cariño, pero eso para tí a veces no significa nada,
Tu nieta.
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