A. lo prometido es deuda... tal vez será buena idea que S. nos ayude a recorrer el camino. Camino recorrido a tientas y de ratos por mi misma, sin la ayuda que S. nos puede proporcionar jojojo.
Carne de Dios (1964)
El CUARTO en donde esto es una gruta.
Soy yo mismo.
Fulguran los tejiso, la plural arquitectura de las células. La energía colorida de la materia orgánica chisporrotea sin cesar.
Todos los elementos se manifiestan de golpe: los distintos niveles, las curvas que avanzan o se retraen.
Percibo con lucidez monstruosa la diversidad efímera y la subyacente unidad del cosmos.
Nada es aquí fortuito. El accidente se enlaza de inmediato al contexto sustancial, necesario, dentro de un mismo vértigo totalizador.
Mi mente lucha contra las fronteras que la limitan. ¡Oh hacerlas desaparecer y fundirse en el todo! Que los linderos acaben.
Quiébrese la individualidad, Romper la prisión. Asesinar el sólido fantasma habitual.
Fantasma, sí, o sólo una faceta de la realidad absoluta.
Me disuelvo en la comunicación con los demás. Presentes y ausentes. Lo vivo y lo muerto-vivo.
Muerte y vida se reconcilian. Lo interte se anima. Las contradicciones se superan en un discernible enriquecimiento irrefrenablemente acelerado.
El tiempo no es sucesivo. Los instantes coexisten y forman una masa solidaria, unificándose más y más a medida que se aproximan al fondo.
El fondo: la exaltación absoluta. La unidad en sí, como tal. Luz en acto puro. Siento que allí está; no me adentro en ella.
Todo permanece y todo se muda, negándose a sí mismo, desplegando vivas esencias que se involucran recíprocamente en un estallido sin principio ni fin.
La realidad manifiesta su inagotable tesoro. Quiero expresarla. Reinventar el lenguaje. Incendiar las sílabas.
Vislumbro los conjuros que abren las puertas de la verdad; cielo platónico, paraíso hegeliano, flagrante erupción de lo que existe.
Soy una parte del todo. Pero sigo siendo yo. Para llegar al fondo es preciso quemar las naves.
Dentro de la conjunción absoluta no hay objeto ni conducta que no adquiera un sentido integral. Uno con lo Uno.
La carne se diviniza. Divinízase el Eros. Y también la procacidad conduce al Absoluto.
Un coito, la invocación de los muertos, un crimen, una meditación, un flato, vuélvanse mísicas vías a la identificación con el todo.
Éste es el Camino. Allá afuera lo comprenden así los iniciados. Nostros lo sospechamos en algún momento, de algún modo, sin entenderlo.
¡Oh Brahma! Cyrsemos los atajos a su seno.
¿Cómo encontrar a los iniciados? Los que poseen el secreto de las orgías purificadoras y de la contemplación final. Los que descifran los meandros y surcan la marejada. Los que han descubierto la brújula esotérica. Los que forjan la llave del infinito.
¿Cómo concerlos? ¿Cómo saber quiénes son? ¿Hay medios de comunicación con ellos?
Busquemos los ritos. Busquemos cómplices.
La realidad, sueño vivo y concreto.
El tiempo vuelca un brillo rotundo, y se fusiona con el espacio. Los minutos ostentan su corazón eterno.
No hay cosas ni hechos que valgan más que otros. todo es necesario. Cuanto se debe ser. Sólo hay etapas en el Camino. Estadios en la continua trayectoria.
Conocerlos. Saber. Aproximarse al FONDO.
Mañana, cuando despierte, continueré escribiendo mi libro. Proseguiré mis faneas particulares.
En definitiva, nada de eso importa. El único esfuerzo dignod es el que nos mantiene en el Camino: la jornada en espiral que nos lleva hasta el fondo.
Importa el infinito real. Compartirlo viviendo la inmediata evidencia de su profundidad sinuosa y múltiple.
Advertir con categórica nitidez la idenatidad entre materia y energía, entre superficie y el meollo.
El todo es un movimiento unitario. El todo ilumina las partes. El distinciones específicas, inconcebibles dentro de la totalidad.
Ensanchar la conciencia. No fijarla en un segundo. dejar que tome su sitio en el torbellino de vasos comunicantes e intercambiables.
Lo abstracto se concreta. El mal filtra el bien. Las piedas son luz y la luz encarna en cuerpos que son ramas del mismo árbol de fuego.
El sueño ES la vida.
Dinámica serenidad. Rompimiento.
En este universo subterráneo, de raíces, de centelleante comunión, el alba inicia la noche y la noche alberga millares de soles.
El FONDO, cifra básica del cosmos.
Mañana cuando despierte, miraré y analizaré fríamente el delirio. La locura. He aquí, sin embargo, la verdad. Estoy viviéndola. Me rehúso a perderla. No quiero que la lucidez se desvanezca.
Que subsista al menos la mágica y favorecedora complicidad de los iniciados. ¿Quién es quién?
La sociedad determina el tótem y el tabú. Pero también el mundo normal, el mundo de afuera, en el que la ley social predomina, viene a ser fatalmente una parte del todo. Una parte que ignora su carácter fragmentario.
No será tan temible el despertar si conservo la sabiduría vivida, si en mí se mantiene la opulenta certeza de lo real.
La genuina sabiduría se vive fuera de los conceptos; con los sentidos inflamados. Con el armónico reventar del intelecto y de la carne. Es la violenta voz aunada de los ojos, la inteligencia, el sexo y la naturaleza entera. El vértigo radiante de la verdad.
Ensanchar la conciencia. Dividir entre cero los destellos del prisma sensual.
Consideremos, devotos, los mínimos procesos fisiológicos.
Bebamos una y otra vez del arriesgado manantial de la risa.
Ansío perforar la coraza neutra bajo la cual palpitan las raíces del día. Restaurar la comunicación entre lo contingente y lo necesario, que se halla interrumpida por el suelo macizo de las convenciones fosilizadas. La disolvencia heroica y concreta.
Promuevo la palidez de las cosas para que no estorben en el acceso al ser total ni abroguen la experiencia profunda. Apetezco el ácido mnucioso que corroe las cadenas y ocasiona el escándalo de la burocracia decente.
¡Oh, gran carcajada universal! ¡Oh, pasadizos de pronto santificados!
Sublimos son las ganas de comer y la urgencia de orinar. Y la unión carnal que se consagra en el éxtasis y pone en marcha el motor de la vida.
Sublime es contemplar el mundo con los ojos de las entrañas.
Soy una gota de lava en las vísceras del universo. Desciendo por laberintos subvertidos hasta el círculo de los más sabios, cuyo arrobamiento se propaga por el claro silencio de la sima. En un punto abismal arde imperturbable el origen.
Indiferente por igual a mi resistencia y a mi docilidad, el fuego me doblega, me atrae, me contagia su poderío. ¿A qué descifrar los misterios del fuego? Los respiro. Constituyen mi esencia vital. Soy por ellos. Soy el fuego. Mis llamas flamean su propia explicación, su propia razón de ser. Lo demás son meras palabras, lastre que no tardo en sacudirme.
Recorrro en un instante las diversas etapas en la evolución de la materia viva; desde el primer virus al último homo sapiens.
Experimento lo que ha sido y lo que será; pasado y porvenir se hermanan frente a mis ojos y en el interior de mi cuerpo.
Atisbo la grandeza - o la justificación - de una lombriz. No cabe el desprecio. No cabe el rencor.
La tontería de Pedro, las ofensas de T.H., obedecen al ritmo del equilibrio universal. A la propia ley del universo, necesaria por única y por una; es necesaria porque ES.
Entretanto, se ha despendido de mí el otro yo, el Jaime cotidiano. En el mundo de todos los días, regido por la ciega normalidad, me fatigo, me quejo de mi estómago, leo a Freud, me pongo una corbata, doy brillo a mis zapatos, menosprecio al obstinado y al romo. Aquí, ahora, prevalece la luz. No busco; encuentro. Cada gesto revela su virtud fundamental. Conozco, sin intermediario, las ideas que fluyen por los ríos cerebrales que me circundan. La divinidad que comparto me limpia de cualquier neblina vanidosa.
Aqui soy. Aquí vivio.
Quiero romper los estáticos anuncios del mundo de afuera. ¡Romperlos con voluptuosidad precisa! Hallo un periódico viejo. Lo hago pedazos. Llevo a mi boca el papel; lo mastico, y acabo por tragármelo sin esfuerzo. He triunfado.
De pronto, me doy cuenta de que existo en varios planos a la vez.
El yo iluminado reonoce al yo incoloro y cotidiano.
Pero Jaime-de-todos-los-días me reproduce como la llana imagen cautiva en un espejo. Cuando yo levanto el brazo derecho el otro yo levanta el brazo izquierdo. Cuando aquí voy allá vengo. Son movimientos correlativos, sincrónicos, que ocurren en ámbitos y circunstancias radicalmente diversos.
Estos planos se multiplican cual reflejos de reflejos. Innúmera proyección en un enjambre de cubos y esferas. El ego a la n potencia.
Incontables personificaciones y un solo yo verdadero: YO.
Cada imagen cobra cierto grado de autonomía, sin perder su relación con las demás. Mi conciencia - mi yo más intenso - va saltando de una a otra, transladándose de un plano al otro. Tan pronto me encuentro arriba como abajo, en la tierra, en un planeta ignorado. Mi conciencia opera alternativamente más acá o más allá del invisible espejo. Miro ya el anverso, ya el reverso de los objetos. Aparezco y desaparezco. En un momento dado pregunto: ¿en cuál plano estoy? ¿Dónde es "aquí"?
Sé que existo a la vez en todas las dimensiones posibles. Pero en mi-Yo-más_intenso decrece la aptitud para asumir con lucidez todas las caras del superpoliedro, de modo simultáneo. Por eso mis distintas existencias transcurren en mutuo desconocimiento. Sólo por un breve instante ha logrado establecerse un chispazo de comunicación entre ellas, la conciencia infinita de una cantidad infinita de vidas. La chispa, sin embargo, ha sido suficiente. La señar requema, fertilizando mis sensaciones. Adentro de un Yo de nuevo compacto, que parece haber clausurado aquella milagrosa ubicuidad, que ha cesado de percibir aquella progesión inexhausta del vivir, que queda una estla perdurable, la ígnea certidumbre der ser uno con el Ser, uno con el Todo.
Allá en las honduras, fuera de la estrechez temporal y conceptual, trascendidos los teoremas y los relojes, corrídas las supersticiones de la sedicente vigilia, se impuso el prodigio de una realidad jamás prevista, que las brumas habituales la encubren y condenan.
Bajé por la escalera de caracol de mi propio volumen hasta llegar al punto en que convergen los cauces del movimiento universal. Me ayunté con lujuriosas hembras, cuyos ojos entornados despedían eléctricos aluviones. La embriaguez de los sentidos me arrastró a los umbrales del Origen. Experimenté la realidad con la plenitud de un orgamos que en sí y para sí se justifica y hace superflua cualquiera tentativa de verificación. La Vida ES.
Abre, mendigo, las ventanas.
Jaime García Terrés - Todo lo más por decir
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